simon_pedestal

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jueves, 3 de noviembre de 2011

EL MAPA Y EL TERRITORIO, de Michel Houellebecq




Antes de leer una obra de Houellebecq, hay que enfrentarse a la serie de prejuicios (negativos, o la mayoría, positivos) que le preceden. Su imagen mediática es poderosa y su fama de “énfant terrible” nos predispone en cierta medida a leer de una manera determinada. En esta obra, personalmente, no he podido encontrar toda esa parafernalia del “épater” (en lugar de al “bourgeois”, al progresista). Más bien me parece un libro fuera de toda consideración política o ideológica que nos muestra un retrato implacable sobre la soledad del mundo actual, sobre el sinsentido, sobre la afasia moral de nuestra vida, que nos deja un regusto de tristeza con algo de compasión por el desdichado y anodino sino del ser humano.

Su escritura está despojada de todo artificio, es puramente narrativa y dialógica (apenas se perfilan descripciones) y la exposición adquiere un tono sociológico acorde con la intencionalidad de la obra (especie de “estudio” aséptico sobre el hombre actual). Hay una continua “elipsis” en la narración, no en el sentido habitual de este término, sino en el sentido de que nunca llegamos a profundizar en los personajes ni a veces comprenderlos, en sus motivaciones y comportamientos (se ocultan a la vista del lector). Se elude el análisis y se resuelve la acción a través del comportamiento, algunas veces un tanto inexplicable. ¿Cuál es el porqué del artista Jed Martin? ¿O el de su padre? ¿o el de Olga? Nada de ello queda explicado, lo cual abunda en la explicación del sentido general de la novela.
Sin embargo, son los personajes la base de la historia, lo más llamativo. Son seres que se saben sin destino y sin finalidad aparente pero no les importa, se dejan llevar sin plantamientos. Y entre ellos está la desmitificación del creador en la figura del protagonista, Jed Martin. Éste no es un ser especial o divinizado, sino un pobre hombre como cualquier otro, que no tiene grandes motivaciones detrás de su obra, que actúa casi por impulso inconsciente. Es un trabajador del arte, no un creador especial, no más que el trabajador manual, el técnico o el creador de objetos funcionales. En la memorable última conversación de Navidad con el padre, éste nos habla de una concepción “ideal” del arte y del artista que, evidentemente, se encarna en su hijo:

“Para los prerrafaelitas, así como para William Morris, había que abolir la distinción entre el arte y el artesanado, entre la concepción y la ejecución: cualquier hombre, a su escala, podía ser un productor de belleza, ya fuera pintando un cuadro, confeccionando un vestido o fabricando un mueble”

Dentro de esos personajes tiene cabida ( a modo de parodia o vuelta de tuerca de la autoficción) el mismo Michel Houellebecq, escritor. Esta visión de sí mismo, desde fuera, está plagada de sátira hacia sí . Se nos aparece un Houellebecq alcohólico, uraño, desvalido, sin contacto con el mundo y sin mucho que ofrecer, con una existencia desordenada y triste. Alma gemela del protagonista. Por ello, será el único amago de amistad que podrá haber en la desahuciada vida de Jed Martin. Frustrada también, como cabía esperar.
A través del artista se nos muestra también el mundo sofisticado del arte y el lujo, pero sobre todo a través de los personajes que se mueven alrededor de Jed Martin: Olga, mujer casi objeto decorativo, que gracias a su belleza se mueve en un mundo de poder. Hay continuas menciones a las marcas de lujo, al consumo de élite: insiste el narrador en las marcas de moda - bolsos, ropa,etc.-, en las marcas de vinos caros (indica hasta su precio, en alarde de esnobismo); comidas refinadas, chefs sofisticados. Todo ello queda en ridículo dada la vacuidad que rodea a ese mundo, del cual, sin embargo muchos personajes se resisten a separarse. No así Jed Martin, que desprecia el dinero, o el propio Houllebecq, como excéntrico anacoreta, pero que no deja de apreciar las virtudes o necesidad del consumismo.
La visión del amor no puede ser más desilusionante (primero con la medio prostituta Geneviève, luego con la perfecta Olga, mujer de negocios). No significa prácticamente nada. Las relaciones amorosas son imposibles, nunca encuentran la oportunidad, si acaso el encuentro sexual fortuito. El sexo es lo único válido, por ello la relación con la prostituta le parece más auténtica al protagonista y tiende a idealizarla.
El amor no redime, es otro enigma decepcionante más. En su mayor apogeo, no despierta más que una reflexión cuasi sociológica, por descarnada, sobre la felicidad:

“Vivieron varias semanas de felicidad (no era, no podía ser la felicidad exacerbada, febril, de los jóvenes, para ellos ya no se trataba de explotarse la cabeza ni de despedazarse gravemente durante un fin de semana; era ya –pero todavía estaban en edad de divertirse- la preparación para esa felicidad epicúrea, apacible, refinadad sin esnobismo, que la sociedad ocidental propone a los representantes de sus clases medias-altas)"

La relación con el padre, eje fundamental en la obra, es ambigua: le une el sentimiento del deber filial, sin embargo la incomunicación, salvo al final, es total. Nada, también para el padre, parece merecer la pena, ni siquiera vivir. De ahí que la alternativa ante la vejez sea la decadencia total y el ridículo o la eutanasia. Ésta se convierte en un negocio más que desmitifica la muerte, que la deshumaniza aún más. El padre es símbolo de todo lo perdido: la frustración, los ideales truncados, la mera subsistencia, el desamor ( a través del suicidio de la madre), por tanto es sólo a duras penas un modelo para el hijo. La relación familiar es más bien una necesidad moral del protagonista que una relación sentimental entre ambos. Se la impone como deber, pero hay poco de emocional en lo que los une, ni siquiera el reproche por su educación lejana e indiferente.
La frialdad y la contención es la principal característica de todos los personajes, sobre todo del protagonista. Éste no logra sentir entusiasmo por nada, ni por el amor, ni por el arte ni por la propia existencia, hasta el punto de poder abandonar las relaciones con los demás durante años y en varias ocasiones su propia producción artística. No necesita ni quiere a nadie, ni siquiera a sí mismo (lo que no es sino una forma del egoísmo fundamental del hombre, que tanto postula Houellebecq).
En palabras del propio autor: “El mundo se uniformiza ante nuestros ojos; los medios de comunicación progresan; el interior de los apartamentos se enriquece con nuevos equipamientos. Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, lo cual reduce otro tanto la cantidad de anécdotas de las que se compone una vida” ( lo cual parece anunciar, una vez más, la muerte de la novela o al menos sus estertores).
Una segunda parte, un poco fuera de nuestras expectativas, nos narra un episodio policíaco, con un atroz crimen, que parece una extrapolación paródica del género (típico policía que se jubila, que sigue sin comprender el mundo de la crueldad, a pesar de su experiencia). En esencia, nadie, desde ningún punto de vista (el policía, el artista, el hombre de negocios) entiende el mundo, sólo lo constata e intenta transigir con él.
En este caso también le sirve como burla cruenta hacia el mismo Houllebecq: imagina una muerte despiadada y sin sentido para él mismo, cuya motivación es la única que hace actuar al mundo: el dinero o el poder.
Creo que toda esta mirada descarnada se cierra coherentemente con la visión profética del final ( la época de la que parte la narración es posterior en unos años a la nuestra). El posible fin del ser humano sería la vuelta a la naturaleza, porque esta es la única que tiene poder ante la incapacidad del hombre. Los objetos humanos, sus inventos, sus creaciones serán literalmente devorados por el mundo natural .Esto se aprecia magistralmente en la obra final de Jed Martin, que intenta, a través de sus videocreaciones simbolizar el mundo.
Desde el inicio de su carrera intenta esta simbolización: desde el principio objetual -cuando fotografía objetos y mapas de la guía Michelin-, pasando por la representación pictórica de la labor del hombre para dominar y crear el mundo. Sin embargo, el hombre sucumbe ante la fuerza del entorno natural , más fuerte que el entramado social que hemos creado y que se ha ido deshilachando y compartimentando cada vez más. Un futuro el que se preconiza marcado por la necesidad de la vuelta a lo más elemental. El territorio es más poderoso que su representación humana, el mapa. El nombre de su primera exposición “EL MAPA ES MÁS INTERESANTE QUE EL TERRITORIO”, acaba siendo paradójico.
Esa visión “divina” desde arriba captada en la fotografía, esa cartografía de la existencia creada por el hombre ( el mapa Michelin) no es real ni duradera. Sucumbirá, como todo lo demás. El hombre, en mitad de todo esto tendrá que limitarse a sobrevivir como un pequeño muñeco en una maqueta inabarcable e incomprensible. Es una de las visiones más nihilistas del papel del hombre en el mundo que uno puede encontrar en una novela. En cierto modo, recuerda al existencialismo de El extranjero, pero quitando cualquier trascendencia ni finalidad: el hombre no es nada para el narrador de El mapa y el territorio (para Camus, en cambio, era la nada). Y esa nada se transforma en una especie de estoicismo existencial, de conciencia indeterminada de la propia vida. Lo único que el hombre busca, básicamente, ante el vacío, es el confort y la ilusión de lo material. Dinero y poder son los únicos sustitutos para el vacío, pero ni siquiera ellos producen un efecto de “llenado” en la vida humana. Serán, si acaso, paliativos que entretengan la vacuidad, la sin razón y la ausencia de fin. Desde luego, para Houellebecq la trascendencia religiosa está claramente superada, y esa muerte de Dios, que tanto se preconiza desde el XIX, nos la hace sentir en toda la novela como algo irremediable. Pesismismo, nihilismo, falta de esperanza y resignación ante la pequeñez del hombre es el sabor que nos deja su lectura. Pero, aun así, hay un ¿y qué? ¿qué esperaban? que lo muestra reconciliado con esa nulidad del hombre en el mundo, en el territorio que artificialmente ocupa.
Sin embargo, antes de nuestra edad posmoderna, otras motivaciones guiaban al hombre. Según el padre de Jed Martin (corroborando lo que éste quiere mostrar con su arte): “Fourier había conocido el Antiguo Régimen y era consciente de que mucho antes de que apareciese el capitalismo había habido investigaciones científicas, progresos técnicos, y que la gente trabajaba con ahínco, sin que la empujara el afán de lucro, sino algo que a los ojos de un hombre moderno es mucho más vago: el amor a Dios, en el caso de los monjes, o más sencillamente el honor de la función.” “Sólo el deber puede mantenernos con vida”, declaraba Houellebecq en una entrevista.
La creación final de Jed Martin en su trayectoria artística nos da la visión total del mundo que describe Houellebecq en este libro. Sirviéndose de la informática, la fotografía, videocreaciones, etc., llega a proponer un mundo en que el hombre es un elemento superfluo, y sus empeños, inútiles, frente a la naturaleza, frente a la existencia:

“Este programa le permitió obtener esos hipnóticos planos largos en que los objetos industriales parecen ahogarse, gradualmente sumergidos por la proliferación de capas vegetales. A veces dan la impresión de debatirse, de que intentan volver a la superficie; después los arrastra una ola de hierba y de hojas, se hunden en el magma vegetal, al mismo tiempo que su superficie se disgrega y revela los microprocesadores, las baterías, las tarjetas de memoria.(....) Por esta misma época empezó a filmar fotografías de todas las personas que había conocido, desde Geneviève a Olga, pasando por Franz, Michel Houellebecq, su padre y otras personas (...)Las sujetaba sobre una tela impermeable de color gris neutro, tensada sobre un arco metálico, y las filmaba justo delante de su casa, y esta vez dejaba que actuase la degradación natural. Sometidas a las alternancias de lluvia y de luz solar, las fotos se abarquillaban, se pudrían por partes, luego se descomponían en fragmentos y quedaban totalmente destruidas al cabo de unas semanas.”

Acaso para el autor, el automatismo de la existencia sea la única forma de vivir conforme a ella, ya que nuestro final es el fragmento, la destrucción y la absoluta soledad.

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