simon_pedestal

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viernes, 13 de mayo de 2011

Niños pedantes celuloidos (VII) : Jim Hawkins.



La cara que pone Jim cuando escucha la truculenta historia de lo que le hicieron los piratas a las damas españolas... Jajajaja... Es que esa carita (que tiene y que pone), es la carita misma de la inocencia de un niño pedante del siglo XVIII.

-... ¿Y sabes lo que hicieron después, muchacho?

-¡Por el amor de Dios, señor! ¿Qué más podían hacer?



Jajajaja... ¡Qué respuesta tan buena!

Jim Hawkins el pequeño tabernero pedante, bien hablado y temeroso de Dios, dominaba el lenguaje con una inusitada precisión dada la corta edad del muchacho y su origen humilde. Siempre supo de qué lado ponerse y buscar la sombra adecuada. Lo mismo estaba entre piratas que entre doctores, entre gentiles que entre naúfragos asilvestrados. Porque Jim no era tan "inocente" como parecía, fijaros cómo miraba por el negocio familiar:

"No había cosa que más atemorizara tanto a la gente como las historias que les refería. Eran relatos horripilantes, cuentos de ahorcados, con profusión de tormentos singulares, y terribles borrascas. De vez en cuando aludían a la isla de la Tortuga, o mencionaban hazañas de un inusitado salvajismo con escenarios en extraños puertos de la América española. De hacerle caso, debía suponerse que había convivido con los peores bandidos que Dios haya puesto sobre las aguas de los océanos. El lenguaje que utilizaba para referir tales historias sorprendía tanto a nuestros sencillos labradores como los crímenes que generalmente describía. Mi padre andaba siempre prediciendo la ruina de su casa, pues -como él decía- la gente, un día u otro, se cansaría de sufrir tantas humillaciones, optando por irse directamente a la cama. Sin embargo, yo creo que por el momento su presencia más bien venía a favorecernos. Al comienzo, todo el mundo se sentía presa del terror, pero después, con el hábito adquirido, todos fueron acomodándose con cierta sensación de placer. En el transcurso de una existencia monótona, les servía de entretenimiento. Llegó a formarse incluso un pequeño grupo de gente joven que lo admiraba, proclamádole "un auténtico lobo de mar". Aun cuando fuera, en realidad, "un viejo fanfarrón", fueron gentes de aquel temple las que hicieron de Inglaterra una potencia naval de primer orden."

Inocente, sí, pero de tonto no tenía un pelo. Siempre supo mantener esa fría distancia calculadora que la civilización se otorga ante lo salvaje. Los piratas quisieron tenerlo como amigo, pero él, inquieto ante el espectáculo que aquel inestable mundo de traiciones y deslealtades bucaneras le ofrecía, no dudo en traicionarlos primero, y en hacerles, después, las putadas más gordas sin remordimiento alguno:

"Vuestro negocio ha fracasado del todo, y si quereis saber a causa de quién ha sido, os diré que a mí se debe vuestro fracaso. Estaba en el barril de manzanas la tarde en que llegamos a la vista de la isla, y os oí, a tí, John, y a tí, Dick Johnson, y a Hands, que ahora yace en el fondo del mar, y repetí cada una de vuestras palabras en cuanto pude hacerlo. Respecto a la goleta, he sido yo quien ha cortado la amarra y quien ha eliminado a los hombres que se hallaban a bordo, y a mí me pertenece el mérito de haberla llevado a un lugar donde ninguno de vosotros la encontrará jamás."

Pobres piratas. Aquellos hombres de mar no eran más alimañas que la respetable gente de bien que los perseguían.


PD: Todos sabemos de sobra que fueron 15 los hombres sobre el cofre del muerto, no 20... me sobran 5.

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