simon_pedestal

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viernes, 27 de mayo de 2011

Tened compasión de mí, al menos vosotros mis seguidores blogueros (III): Thomas Carlyle.



He pensado que algún día, no muy lejano, tendré que poner fin (esto es algo lógico, aunque resulta un poco triste planteármelo ya) a nuestra entrañable serie de Fichas Safari Club. Ese día me gustaría rematar el post sobre el escarabajo de la patata o sobre el escarabajo buceador o sobre el ciervo volante o sobre el ditisco (¡a saber cuál de ellos, el pobre, tendrá el dudoso honor de cerrar tan pequeña y ridícula serie!) con el encanto y la solemnidad de la voz prestada de Thomas Carlyle.


"... ¡Nuestro último gran escarabajo!
Digo nuestro último en un doble sentido, porque ya es hora de que terminen estas largas peregrinaciones que a través de tiempos remotos y diferentes lugares hemos emprendido buscando escarabajos para estudiarlos. No debo negar que lo siento, porque experimentaba no sé que placer mezclado de pena en la tarea a que doy término. Grande es el asunto, grave y vasto cual pocos; ya en este concepto decidí llamarle Culto de los Coleópteros, pues es materia que se interna, a lo que juzgo, muy adentro en el secreto de los caminos y de los más vitales intereses de la Humanidad en este mundo. Bien merece, pues, que se le estudie. Empleando en él seis meses, lo hubiéramos hecho mucho mejor que en estos seis días.
No estoy tampoco seguro de haber conseguido, como ofrecí, romper el terreno. Fue preciso roturarlo groseramente a fin de entrar pronto en materia. Con precipitadas sentencias, confusa y aisladamente proferidas, tal vez haya abusado de vuestra tolerancia. Remitamos, no obstante, a la ausencia de comentarios recibidos, cuanto a tolerancia, ingenuidad, bondades y favores haga referencia. La hermosura, la ciencia, lo cortés, lo distinguido, buena parte de lo mejor que hay en Internet, ha leido benévolamente mis toscos posts. Con el agradecimiento que sale directamente del corazón os doy las gracias y os digo: ¡El Supremo Bien esté con vosotros!"




Los Héroes Coleópteros. Thomas Carlyle. Londres, Viernes 22 de Mayo de 1840.



La sala de conferencias quedará muda unos segundos, hasta que rompa un ¡Óle!, jondo, con acento en la o, seguido de un estruendoso y apasionado aplauso lleno de emociones verdaderas y sentidas. Porque todos los corazones allí reunidos formarán entonces uno solo. Mis más fervientes pupilos me sacarán a hombros al patio del rectorado y, una vez allí, apiñados en mi honor, lanzarán sus vítores y sus gorras hacia un cielo plomizo. Los vítores cesarán, y las gorras caerán por su propio peso específico.
Todo ello entendido como una suerte de ensoñación virtual, claro está.


O sea, sabemos que algo ocurrirá, pero ocurrirá de manera bien distinta. Porque una vez yo publique y cuelgue el último post que ya veremos si tratará sobre el ditisco o sobre el ciervo volante o sobre el escarabajo de la patata (no lo decidí aún), todas las emociones que cause (espero que cause alguna) se amortiguarán invisibles y secretas en un espacio inconcebible. Lo que intento explicar es que luego cada uno en su casa (y Dios en la de todos) sabrá lo que tendrá que hacer en la intimidad; si reirse o llorar, si sentir el sabor agridulce de la nostalgia por aquellos primeros posts o el regusto a la ansiada liberación por saber que este post será el último, si acariciar la pantalla o arañarla, si celebrar o maldecir toda la serie... Y entonces, no podré comprobar jamás si la estimable ayuda de Sir Thomas Carlyle fue realmente estimable, si me sirvió fiel para aquel solemne remate que pretendía serlo, si el supuesto encanto de su voz prestada (la de Carlyle, claro) provocó su esperado y seductor efecto o, si por el contrario, todo aquel vergonzoso ardid resultó al final para nada.

No sé si me expliqué del todo bien. Bueno... no importa. Tampoco sabré nunca, amigo internauta, si habrás llegado hoy hasta aquí. Aquí y ahora, en estas últimas líneas donde yo, tan inocente, tan absurdo, tan inquieto, tan infantil, tan pedante, tan pequeño, tan ridículo, tan triste, tan patético ("Todo lo humano es patético. La fuente secreta del humor absoluto no es el júbilo, sino el pesar." Mark Twain), desde un principio te aguardaba.

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