simon_pedestal

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martes, 18 de octubre de 2011

ALMA, de Javier Moreno





He descubierto en Alma, esta breve novela, la vertebración de toda una teoría del simulacro. Desde el inicio todo apunta al tradicional mundo real como inexistente, frente a un mundo simulado, ficticio, que usurpa el espacio de lo real hasta anularlo. Desde internet en general o las imágenes de Google Earth, que uno de los personajes vive apasionadamente como parte de la experiencia real; la fotografía (con el personaje de María que deja de reconocerse al desdibujarse en la imagen, hasta el punto de abrirse el cuerpo para comprobar que tiene sangre y vísceras -y por tanto, existencia); hasta la propia literatura.
El narrador (en una especie de escritura autoficcional, de confesión enunciativa en que va listando su vida, sus recuerdos, sus fracasos, sus gustos y reflexiones) cuestiona desde un principio la finalidad o el propio interés de la ficción literaria. Reiteradamente descarta la trama: ésta no tine validez, pues es mayor impostura que ninguna otra. Si la realidad se rige por el azar y el desconcierto, la literatura falsearía dicha realidad si la estructura con una causalidad, una trama o una intencionalidad determinada:
“me fatigan los argumentos. Los acontecimientos de la vida apenas duran unos segundos; a lo sumo algunos minutos. Una línea o una página deberían ser suficientes para describirlos. El resto –la trama- no son sino extrapolaciones. La vida es una suma de acontecimientos carente de trama. Como mucho, podría hablarse de pequeñas convergencias que procuran la ilusión de sentido” (lo que puede considerarse como la justificación de la propia escritura, el porqué de lo fragmentario de cualquier discurso).

El narrador juega a ser el dios creador (del que reniega en principio, hasta inventarlo él mismo como personaje, creando a un interlocutor con el que dialoga y juega a desentrañar el enigma reiterado de la existencia: “Si alguien me preguntara que quién es dios le respondería que es un notable secundario de la Biblia. Yo podría convertir a dios en un personaje de esta novela (...) sí probablemnente acabe convirtiendo a dios en uno de los personajes de esta novela”).

. Y en este acto consciente de creador (la lengua, la literatura como acto “performativo” en el que decir es hacer, nombrar es crear) va improvisando unas historias arbitrarias que se van montando ante nuestras ojos, en una especie, si no de novela en marcha, sí de bosquejo de historias en marcha, a través sobre todo de los personajes de María y Eduardo (también está “dios”, o el mendigo Kike que pretende enfrentarse al vacío de la existencia entre los muros sordos de la iglesia). Ambos son encarnaciones del hombre actual como ser encarnado fuera de la realidad e instalado en la ficción, en la experiencia vicaria, hasta el punto que tienen verdadera dificultad para enfrentarse a la supuesta “realidad real”. Se trata de una visión del yo fragmentado y desdoblado en sus personajes, y que testimonia la presencia del vacío, la ausencia del sentimiento de lo real. María escanea fragmentos de realidad con los que crea o construye una carpeta llamada “Alma” (que trata de ser una reconstrucción del tiempo y la memoria, como la misma novela que leemos); busca en el Rastro fotografías sobre las que montar historias falsas y compartirlas con un “falso amigo” que conoce a través de facebook (en el grupo significativamente llamado “personas que preferirían dejar de serlo para convertirse en personajes”), Eduardo. Ambos se encuentran alguna vez en el mundo real, pero son seres desconocidos, sólo tienen realidad en el espacio virtual. Parecen estar condenados al desencuentro, sólo hay encuentro posible en el mundo fantaseado. El simulacro sustituye a la “verdad”:
“los objetos exteriores le parecen copias de mala calidad de todas aquellas imágenes que ha visto en internet (...) Eduardo se ve a sí mismo como un Rimbaud de la era de internet. Visita todos esos lugares sin necesidad de moverse de su silla modelo Allak de IKEA”(...) “después de sobrevolar con Google Earth los campos de Anatolia, imprime una imagen del guiso de cordero (tamaño 12* 25 cm) y se la lleva consigo a la cocina. Abre el armario y toma un bote de entre una enorme pila de latas de fabada. Solo entonces lo abre y come directamente de la lata, sin calentarla”.
Más adelante, el propio narrador reconoce que ya desde su niñez la realidad le decepciona, le desagrada, frente a lo que creía conocer: “Descubrí que la realidad no tenía nada que ver con las imágenes que había visto en la televisión”.

Vivimos rodeados de ficción. Tanto, que la ficción se ha hecho superflua, innecesaria. (...) Antes, abominaba de los notarios. Ahora me resultan consoladores. Un notario es un seguro contra el simulacro y la impostura (...) la pantalla bidimensional es el lugar del engaño o de la posibilidad del engaño. A estas alturas me resulta imposible creer en cualquier imagen. La imagen ha perdido su valor icónico para recuperar su pasado valor simbólico o indicial”.


Así, la literatura, a través de la mostración de su propia ficcionalidad, de su propio engaño, puede constituirse como única alternativa de construir un refugio contra el tiempo, el vacío o la nada. Única alternativa “honesta”, con su egolatría y exhibicionismo del alma del narrador de dejar constancia de la propia memoria y de la historia del individuo:
“La escritura supone una especie de preparación para la muerte. Es como sumergirse en una piscina de chalé adosado antes de arrojarse al océano desde las rocas. Con la lectura pasa algo parecido. La escritura fragmentaria permite salir a flote cada cierto tiempo. Los escritores fragmentarios tienen pulmones débiles o, quizás, sean tímidos, incapaces de secuestrar la atención del lector durante mucho tiempo” (lo que no deja de mostrar un concepto algo trágico y trascendente de la creación artística).



La literatura es el medio de desentrañar la maraña de la existencia a la que somos arrojados. Dice el narrador en un momento que el enigma de nuestra vida es algo así como asistir a una película ya comenzada, y nuestra labor apenas resulta un intento de entender la trama, que, inevitablemente, se nos escapa.
Esa vivencia de lo simulado por parte de todos los personajes, les lleva al continuo desconcierto al verse enfrentados al mundo. Es especialmente impactante el episodio en que narra la visión de un atentado (de trenes de Atocha, concretamente) por parte de Eduardo. Éste no sabe procesar la realidad, busca en internet la interpretación de lo que ha pasado. No sabe qué hacer cuando la vida o la muerte reales le salpican, casi literalmente.
Por su parte María, que como modelo pierde su fotogenia, es icono también.
El encuentro final de ambos personajes también va unido a la simulación: ella trabaja en una tienda de pelucas. Él se apasiona por una peluca que es, en esencia, símbolo del engaño y la ficción: la peluca de Madeleine, personaje de Vértigo (que muy significativamente ocupa la fotografía de la portada). Sin embargo, la unión no es posible (al igual que en la película de Hitchcock), sino, tal vez, más tarde, a través de internet.
Eduardo, por su lado, es el reverso del mito platónico de la caverna. Si en Platón el hombre tiene que abandonar la cueva para dejar atrás el mundo de las apariencias y llegar a la verdad, en Alma, el personaje busca la caverna (su pequeño apartamento, amueblado de IKEA –donde los objetos tienen nombre, son supuestos individuos creados). La caverna también es el ciberespacio y es, sobre todo, la soledad y el vacío esenciales del hombre. Se rehuye la realidad para vivir el mundo de lo aparente. Justo la inversión del mito platónico.

Hay en la novela varios discursos entremezclados: el enunciativo que, a modo de lista, perfila a un ser “normal”, sin apenas extravagancias, que identificamos con el narrador; un discurso aforístico o reflexivo, con el que se elucubra sobre la existencia, sobre lo religioso, sobre el vacío y el tiempo; y también un discurso metaficticio: la literatura que se autoanaliza, que intenta deslindar su campo, su necesidad, su finalidad, pero sobre todo, desvelar su propio artificio. Y junto a la literatura, cómo no, inevitablemente el cine.

Dos películas son paradigmáticas para entender el sentido que busca la novela: “2001: una odisea del espacio”, y “Cómo se John Malkovich”, ambas de gran calado metafísico y de un fundamental cuestionamiento de la identidad y de la realidad.

Despierta la curiosidad el juego numerológico al que se entrega reiteradamente el narrador. Éste intenta buscar a través del número el sentido, el posible destino o el vislumbre de un camino predeterminado que poder reconocer y construir. Pero ello no hace sino mostrar una vez más que la paradoja y el juego del azar hacen emerger constantemente el dominio de lo absurdo.

Son todos ellos, cine, números, imágenes escaneadas, imágenes literarias, fabulaciones de la memoria, caminos que se quieren desbrozar para llegar a algún sentido. Pero no parece haber sino un sentido final, que es el del vacío, el símbolo del conjunto vacío representado por la esfera (la pelota de pin pon, la pompa de jabón).

Ante eso, el escritor y el lector de ficciones no puede más que señalar el misterio, mostrar el enigma:
“Cerramos el libro y ante nosotros queda el mundo como un lugar habitado por un infinito misterio”.

8 comentarios:

  1. Interesante reseña, Ehrengard. De las pocas críticas que he leído positivas de este libro. Me ha picado el gusanillo, la verdad, sobre todo la cuestión realidad-ficción, preocupación que me incumbe y que, esto sí, no resuelvo de igual manera que el Moreno. Pero es suficiente que nos preocupe la misma cosa.

    Saludos.

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  2. Ehrengard, eres muy buen crítico: tu reseña del libro de Javier Moreno es más inteligente y más disfrutable que el libro. Enhorabuena pero no creo que vaya a hacerte caso en esta.

    Saludos.

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  3. Gracias Peri, me alegro de que te guste mi comentario. Para mí la lectura, aunque breve, ha sido bastante intensa, me ha hecho reflexionar mucho, que es lo que yo valoro a menudo en una obra literaria. En cuanto a las críticas negativas, por lo que he leído parecen basarse en la ausencia de trama, lo que para mí, lejos de ser un defecto, es un valor, en este caso estrechamente ligado al contenido ideológico del libro. También pienso que la cuestión de la dicotomía realidad/ficción es un tema insoslayable en una cultura como la nuestra, inmersa en la imagen, la ficción y el simulacro, en general.
    Saludos

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  4. Gracias, Anónimo, pero no coincido contigo en el hecho de que una reseña pueda "mejorar" un libro. El libro contiene en sí todas esas posiblidades o actualizaciones de lectura. El lector sólo reconoce o se reconoce en las páginas de una obra.

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  5. Buenísimo Alma, lo descubrí pensando que nadie lo conocía, y hace unos días encontré un libro que habla del lector snob que se piensa que cada obra es un descubrimiento propio y cuando lo ve expuesto porque mucha gente lo conoce se queda perplejo. eso me ha pasado a mí.
    Me alegra no ser la única en haberlo leído, eso tengo que decirlo.
    Buena reseña, un saludo

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  6. Está claro que la reseña comunica el trasfondo de este libro porque lo imagino muy “particular” y me provoca cierto desasosiego y angustia. Tal vez sea porque en este instante prefiero el argumento, la historia, la mentira bien contada. Algo similar a lo que vivimos o han podido vivir otros día a día, en fin.
    Otra excelente reseña.

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  7. Comparto tu emoción, mientrasleo, al reconocer las mismas lecturas y gustos en los demás. Nos hace sentir algo menos solos, algo más entusiastas cuando compartimos.
    Saludos

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  8. Tienes razón Arrecogiendo, hay ciertos momentos para leer ciertos libros. No siempre coinciden algunas obras con lo que nos apetece en un momento concreto. No es sino otro azar que rige nuestras lecturas. Pero a veces enriquece también leer contra uno mismo, contracorriente del placer. Eso me pasó con este libro. Gracias por tu comentario, un placer.

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